El capítulo explica cómo, tras la muerte de Franco, el Gobierno de Adolfo Suárez ideó una salida dentro de la legalidad vigente para desmontar el entramado franquista sin ruptura abrupta. Esa palanca fue la Ley para la Reforma Política (LRP): una norma aprobada por las propias Cortes franquistas y ratificada en referéndum el 15 de diciembre de 1976, concebida para abrir el paso a elecciones libres y a un Parlamento con legitimidad democrática. La LRP reconocía derechos políticos básicos, establecía un Congreso y un Senado elegidos por sufragio universal y, sobre todo, creaba el marco para sustituir el sistema autoritario por uno representativo mediante decisiones tomadas por la ciudadanía.
El texto subraya que la LRP no fue un consenso simple. La oposición democrática la percibió como una reforma “continuista” y discutió si debía respaldarla o boicotearla con la abstención. Sectores comunistas y parte del movimiento obrero y estudiantil defendieron ese boicot —con lemas del tipo “No legalices al franquismo con tu voto”— al considerar que la vía reformista blanqueaba el pasado. Aun así, el referéndum salió adelante con amplia mayoría, y la noche de la consulta Suárez apareció en televisión para presentar el resultado como el primer gran refrendo popular del proceso.
Aprobada la LRP, el Gobierno tuvo que acelerar medidas que dieran credibilidad a la apertura: alivio de la represión, primeros pasos hacia una verdadera libertad de asociación y reunión, y reglas claras para la inscripción de partidos. El 8 de febrero de 1977 se abrió el registro de formaciones políticas y, desde ese mismo día, se produjo una cascada de solicitudes que devolvió a la vida legal a partidos históricos y emergentes (entre ellos, fuerzas catalanas, vascas y de la izquierda plural).
Los resutados del referendum a la Ley de la Reforma Política aquí
Pero la transición no discurrió sin violencia. El capítulo sitúa en este tramo la llamada “Semana Negra” de enero de 1977: el asesinato del estudiante Arturo Ruiz, la muerte de María Luz Nájera por el impacto de un bote de humo y, sobre todo, la matanza de Atocha (24 de enero), cuando pistoleros de ultraderecha asesinaron a cinco abogados laboralistas y dejaron varios heridos. Aquellos crímenes conmocionaron al país, multiplicaron las muestras de solidaridad y precipitaron un cierre de filas social en torno a la necesidad de completar la democratización.
En ese contexto, el gran escollo pendiente era la legalización del Partido Comunista de España (PCE). El Gobierno sabía que sin el PCE las elecciones previstas para junio de 1977 carecerían de plena legitimidad. La decisión tropezaba con resistencias muy fuertes en la derecha y, sobre todo, en sectores militares, que aún veían al PCE como el enemigo absoluto. La dirección comunista respondió con gestos de moderación: aceptación de la monarquía parlamentaria, de la bandera, renuncia a la vía insurreccional y apuesta por la reconciliación nacional.
Finalmente, el Sábado Santo (9 de abril de 1977) el Gobierno anunció la legalización del PCE. Fue un acto de alto riesgo político que desactivó uno de los principales focos de tensión y normalizó el tablero antes de los comicios. El capítulo concluye que la secuencia LRP–apertura del registro de partidos–legalización del PCE permitió pasar del inmovilismo a un pluralismo efectivo, con una ciudadanía movilizada contra la violencia y a favor de la vía política. Así, la reforma “desde dentro” cumplió su función: convertir la legalidad heredada en un puente hacia la democracia, sin renunciar al mandato social de libertad y participación.
Resultados de las primeras elecciones libres de 1977 aqui.
Reportaje de INFORME SEMANAL DE RTVE sobre la legalización de PCE
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