El capítulo analiza la etapa final de la dictadura franquista y los primeros pasos de la Transición, marcados por tensiones políticas, crisis social y movilización ciudadana. Tras la muerte de Franco en noviembre de 1975, el rey Juan Carlos I asumió la jefatura del Estado jurando fidelidad a las Leyes Fundamentales, lo que garantizó inicialmente la continuidad del régimen. El presidente Carlos Arias Navarro intentó un reformismo limitado con su proyecto de “apertura”, que fue insuficiente para la oposición y rechazado por el “búnker” franquista. Las movilizaciones obreras, estudiantiles y vecinales se intensificaron en 1976, con huelgas masivas en sectores como la construcción, la minería y la industria siderúrgica. La represión dejó decenas de muertos y centenares de heridos.
La acción ciudadana en la calle coincidió con divisiones internas en el gobierno "franquista sin Franco" y en el Ejército. En este contexto, el Juan Carlos I como jefe de Estado, nombró a Adolfo Suárez presidente del gobierno, a partir de una terna propuesta por el presidente de las Cortes y de el Consejo de Reino, Torcuato Fernández Miranda, en julio de 1976. Aunque, como el título de capítulo, fue criticado por toda la oposición antifranquista, desde democristianos o liberales a los miembros de las Coordinación Democrática. Sin embargo, marcó un cambio de rumbo: apostó por una reforma política desde la legalidad franquista, buscando integrar a la oposición y evitar una ruptura brusca. La Ley para la Reforma Política, aprobada en referéndum en diciembre de 1976, abrió la puerta a elecciones libres y al desmantelamiento institucional del franquismo.
La amnistía fue una demanda central. Aunque hubo indultos parciales, no se concedió de forma plena hasta octubre de 1977. Durante ese tiempo, los conflictos laborales y las protestas continuaron, así como la violencia política. ETA, el GRAPO y otros grupos intensificaron sus atentados, mientras la extrema derecha cometía asesinatos y atentados contra militantes de izquierda y nacionalistas.
En 1977 se legalizaron los principales partidos, incluido el PCE en abril, lo que provocó tensiones con sectores militares. Las primeras elecciones democráticas, en junio, dieron la victoria a la UCD de Suárez, que formó un gobierno plural y abrió el proceso constituyente. Paralelamente, los Pactos de la Moncloa, firmados en octubre, permitieron un consenso entre gobierno, oposición y agentes sociales para afrontar la crisis económica y estabilizar la transición.
En Cataluña y el País Vasco, la reivindicación autonómica fue prioritaria. En septiembre de 1977, Josep Tarradellas regresó del exilio y se restableció la Generalitat provisional. En el País Vasco, la violencia de ETA y la presión del nacionalismo marcaron un contexto más complejo. La descentralización se integró en la negociación constitucional.
Estos pasos políticos se debieron a las negociaciones de Suárez con la denominación Comisión de los Nueve en la que estaban presentes los principales partidos de la oposición.
El capítulo también subraya el papel de los movimientos sociales —sindicatos, asociaciones vecinales, feministas y estudiantiles— como impulsores del cambio democrático, aunque muchos fueron progresivamente absorbidos por la lógica institucional. La movilización ciudadana que había desafiado a la dictadura perdió intensidad a medida que se consolidaban las nuevas estructuras democráticas.
En síntesis, el periodo 1975-1978 fue una transición negociada en la que coexistieron la reforma legal impulsada por el gobierno, la presión popular y la amenaza de involución militar. La combinación de pragmatismo político, concesiones mutuas y persistencia de la protesta social permitió el paso pacífico —aunque no exento de violencia— hacia un sistema democrático.
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