El capítulo describe la evolución de la oposición al franquismo durante sus últimos años, centrada en dos grandes plataformas: la Junta Democrática de España (JDE) y la Plataforma de Convergencia Democrática (PCD). La JDE nació en 1974 impulsada por el jurista Antonio García Trevijano (coordinador ejecutivo y redactor de su manifiesto fundador), el PCE de Santiago Carrillo, intelectuales conservadores desencantados con el régimen como Rafael Calvo Serer, el filósofo José Vidal-Beneyto (opositor al franquismo desde los años 60 y participó en el Contubernio de Múnich), el Partidos Socialista Popular (PSP) de Enrique Tierno Galván, el Partido del Trabajo de España (PTE), el Partido Carlista, CC. OO. liderado por Marcelino Camacho o la Alianza Socialista de Andalucía. Defendía la política de "reconciliación nacional" de Santiago Carrillo, la Junta defendía la política de la "ruptura democrática pactada", la amnistía, la legalización de partidos y sindicatos, la autonomía de las nacionalidades históricas y un referéndum sobre la forma de Estado. Aunque concebida como un espacio de confluencia, las diferencias ideológicas provocaron tensiones, especialmente con quienes rechazaban la «ruptura pactada» que defendía el PCE.
En 1975, el PSOE, reacio a subordinarse al liderazgo comunista, promovió la PCD, con partidos y sindicatos de ideologías diversas pero sin predominio comunista. Su estrategia apostaba por un proceso gradual, evitando choques directos, y por una estructura federal con reconocimiento de nacionalidades, amplias libertades y reformas sociales. El PSOE, apoyado por la socialdemocracia europea, se convirtió en referente de la oposición moderada.
Las relaciones entre JDE y PCD estuvieron marcadas por la desconfianza mutua: la primera buscaba una ruptura inmediata, la segunda, una transición negociada. Sin embargo, la gravedad de la crisis del franquismo, la enfermedad de Franco y la presión internacional propiciaron contactos entre Carrillo y González. En septiembre de 1975, ambas plataformas consensuaron una declaración conjunta a favor de la ruptura democrática.
La muerte de Franco en noviembre de 1975 no trajo la esperada ruptura. El rey Juan Carlos I, al jurar los Principios Fundamentales del Movimiento y mantener a Arias Navarro, aseguró la continuidad institucional. La oposición, prudente, evitó acciones durante el luto. La falta de una movilización decisiva y el temor a la represión limitaron las posibilidades de cambio súbito.
En 1976, JDE y PCD se unieron en la Coordinación Democrática, conocida como la Platajunta, para exigir un Gobierno provisional, libertades y amnistía. Aunque las manifestaciones fueron reprimidas, se consolidó un bloque opositor amplio. Las negociaciones con el nuevo presidente Adolfo Suárez dividieron a la izquierda: el PCE aceptó entrar en el proceso negociador, mientras figuras como García-Trevijano y Vidal Beneyto rechazaron cualquier pacto con herederos del franquismo.
En el País Vasco, el Consejo Consultivo Vasco integró a partidos y sindicatos nacionalistas en la dinámica de la PCD. En Cataluña, la Assemblea de Catalunya, con fuerte protagonismo de asociaciones vecinales y culturales, ejerció una influencia horizontal. Galicia tuvo una presencia más limitada por la fragmentación del nacionalismo.
El capítulo concluye mostrando cómo la oposición, incapaz de imponer su programa de ruptura, terminó participando en una transición pactada. La Platajunta se convirtió en un instrumento clave para coordinar demandas democráticas, pero las estrategias divergentes y el pragmatismo político marcaron el rumbo hacia una democracia negociada.
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