El capítulo repasa el retorno y evolución de la lucha armada en España durante el tardofranquismo, diferenciándola de la resistencia guerrillera de posguerra —los maquis—, que desapareció a mediados de los 60 tras la orden de Stalin de disolverla y la apuesta del PCE por la “reconciliación nacional” en 1956. A partir de los años 60, surgieron nuevas organizaciones armadas vinculadas a un contexto europeo e internacional de violencia política —los “años de plomo”—, como ETA, el FRAP, el FAC o el MIL, en paralelo a fenómenos similares en Italia, Irlanda del Norte, Francia o Bélgica.
ETA nació a finales de los 50 desde el nacionalismo juvenil vasco, rompiendo con la vía institucional del PNV. Apostó por la acción directa y una estrategia de “acción-reacción-acción” para provocar represión y ganar apoyos. Su primer asesinato fue en 1968 (José Antonio Pardines), seguido del de Melitón Manzanas. En 1970, el Proceso de Burgos, con seis condenas a muerte finalmente conmutadas, generó una movilización internacional sin precedentes contra el régimen. ETA acabaría escindiéndose: ETA político-militar (que se integró en EE) y ETA militar, que mantuvo la lucha armada.
El FRAP, surgido del PCE (m-l) en 1971, promovía una revolución popular y practicó guerrilla urbana con atentados y sabotajes. En 1975, el asesinato de un policía en Madrid desencadenó una represión intensa contra militantes clandestinos, especialmente del FRAP, culminando el 27 de septiembre con las últimas ejecuciones del franquismo: miembros de ETA (p-m) y del FRAP fueron fusilados o ejecutados, junto a otras muertes extrajudiciales. Testimonios como el de Manuel Blanco Chivite denuncian juicios sumarísimos sin garantías, torturas y una “amnistía selectiva” en la transición que excluyó a estos condenados, manteniendo figuras represivas como Roberto Conesa.
El MIL, activo a inicios de los 70, era un grupo de jóvenes de clase media que apoyaban luchas obreras y rechazaban jerarquías y atentados con explosivos. Se disolvió en 1973, pero la represión continuó contra sus miembros. Entre ellos, Salvador Puig Antich, A partir de los años 60, surgieron nuevas organizaciones armadas vinculadas a un contexto europeo e internacional de violencia política —los “años de plomo”—, como ETA, el FRAP, el FAC o el MIL, en paralelo a fenómenos similares en Italia, Irlanda del Norte, Francia o Bélgica.
Estos episodios evidencian cómo el franquismo, incluso en sus últimos años, utilizó la justicia militar y la pena de muerte como instrumentos políticos, sin margen para reformas internas. La represión de las organizaciones armadas, unida a la violencia de Estado, dejó una huella de injusticia y arbitrariedad que marcó el final de la dictadura y condicionó la memoria histórica de la Transición.
Ir al capítulo 5 ------------------------------------- Ir al capítulo 7