El capítulo analiza el papel de las protestas estudiantiles como espacios de resistencia política y social desde los años cincuenta hasta el final del franquismo, enmarcándolas en un contexto internacional marcado por el espíritu del Mayo del 68. Este movimiento, nacido en Francia contra el capitalismo, el imperialismo y la hegemonía de EE. UU., tuvo repercusión global: en EE. UU. coincidió con la lucha por los derechos civiles y la oposición a Vietnam; en México estuvo ligado a la masacre de Tlatelolco; en Checoslovaquia, a la Primavera de Praga. Todas estas movilizaciones compartían un impulso generacional que reclamaba libertad, justicia social y cuestionaba los poderes establecidos, con un fuerte componente cultural y artístico.
En España, aunque el franquismo limitaba el contacto con el exterior, las ideas del 68 llegaron a través del turismo, de algunos docentes y de viajes estudiantiles. Las universidades vivieron un aumento de la movilización a finales de los sesenta, pese a una represión más dura que en otros países. Los cantautores jugaron un papel central, y se crearon himnos de protesta, como Al vent de Raimon o versiones adaptadas de We Shall Overcome.
Las protestas de 1968 fueron la culminación de un ciclo iniciado en 1956 con el “Manifiesto a los universitarios madrileños”, que unió a estudiantes de distintas tendencias contra la precariedad educativa y la represión ideológica. Las movilizaciones, originadas en Madrid, se extendieron a otras universidades y supusieron un cambio: hijos de vencedores de la Guerra Civil se sumaban a la oposición. La respuesta gubernamental incluyó detenciones de jóvenes de familias afines al régimen, lo que provocó un distanciamiento de sectores acomodados y la destitución de figuras políticas.
En las décadas siguientes, la universidad se consolidó como un espacio de debate y crítica. Profesores como Enrique Tierno Galván o José Luis López Aranguren apoyaron las demandas estudiantiles, pese a sufrir sanciones y expulsiones. Incluso algunos miembros del sistema favorecieron discretamente la movilización. La dinámica incluyó acciones simbólicas, como juicios públicos a docentes, y estrategias que combinaban el uso de estructuras oficiales —como el SEU— con redes clandestinas. Surgieron organizaciones como la Unión de Estudiantes Demócratas, la FUDE, la ASU o el FELIPE, que defendían distintas vías de ruptura con el franquismo.
El movimiento no se limitó a la universidad: jóvenes trabajadores en institutos nocturnos participaron activamente a través de la FEDEM. La experiencia estudiantil marcó el futuro profesional y político de muchos, y el compromiso de algunos profesores facilitó la transmisión de ideas democráticas. No existía una ideología única, sino un rechazo común a la dictadura; las posturas iban de lo reformista a lo rupturista, y en muchos casos la radicalidad de la oposición se transformó en defensa de la democracia tras 1975.
En conjunto, el movimiento estudiantil fue un motor de socialización política y un factor clave en la erosión del régimen, no por su número, sino por su capacidad para articular un discurso democrático en sectores sociales que antes habían apoyado al franquismo. Su legado fue una generación formada en la crítica, que trasladó el anhelo de libertad desde las aulas a la construcción de la democracia.
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