El texto relata la historia de la Unión Militar Democrática (UMD), un grupo clandestino de oficiales que, en el tardofranquismo, trabajó desde dentro del Ejército español para impulsar su democratización y evitar un “franquismo sin Franco”. A diferencia de Portugal, donde el Ejército lideró una revolución, en España el sector democrático dentro de las Fuerzas Armadas era muy reducido, lo que aumentó el valor de su iniciativa. La UMD surgió hacia 1972 en un contexto en que las Fuerzas Armadas permanecían ajenas a los cambios sociales y políticas democráticas que emergían en la sociedad civil. Oficiales como José Ignacio Domínguez, Fernando Reinlein, Xosé Fortes Bouzán, Julio Busquest, compartían la indignación ante la corrupción, el clientelismo y la ineficacia técnica de la institución, además de su papel represivo. Su objetivo era construir un Ejército profesional, subordinado al poder civil, respetuoso de los derechos humanos y alejado del golpismo.
Las reuniones eran secretas y seguras: sin uniformes, en casas privadas o cafés discretos, evitando la vigilancia. Elaboraron un manifiesto y un programa reformista pero radical para el contexto: modernización militar, justicia estrictamente castrense, renuncia al golpismo y compromiso con la democratización. Su lema no oficial: «Nuestra lealtad no es al poder, sino al derecho». La clandestinidad no evitó que en 1975 comenzaran las detenciones, en concreto: el comandante Luis Otero Fernández y los capitanes Fermín Ibarra Reyes, Antonio García Márquez, Xosé Fortes Bouzán, Fernando Reinlein, Restituto Valero, Jesús Consuegra, Manuel Fernández Lago y el capitán de aviación Abel Jesús Cillero. Fueron juzgados por asociación ilícita y atentado contra la disciplina. El consejo de guerra de abril de 1976 impuso penas de hasta ocho años, pretendiendo disuadir cualquier intento de contagio democrático en pleno contexto de la Revolución de los Claveles de Portugal. Los acusados defendieron su actuación como un deber ético, no como subversión armada. La represión fue acompañada de aislamiento y marginación.
Tras la amnistía de 1977, salieron de prisión, pero sin reincorporación al servicio. La exclusión institucional continuó, y su denuncia de la impunidad franquista chocó con el discurso oficial de reconciliación. Algunos, como Domínguez, sufrieron vetos laborales y políticos. En 1986, una ley anuló sus condenas y los reconoció como militares retirados, pero sin restitución plena. El reconocimiento oficial llegó tarde: en 2008 el Gobierno reconoció su contribución y en 2010 recibieron la Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, impulsado por la ministra Carme Chacón y el JEMAD José Julio Rodríguez. El acto generó rechazo en sectores franquistas y nuevos vetos. Aun así, se reivindicó que la UMD fue clave para frenar tentaciones golpistas y sembrar una cultura cívico-militar.
Para sus integrantes, la UMD no fue una anécdota sino una vanguardia ética: ser “soldados de un pueblo libre” y “mojar la pólvora del ejército franquista”. Defendían que la obediencia sin reflexión es peligrosa para la democracia y que la neutralidad militar en la transición no siempre fue real, como mostró el 23F. Su legado es moral que material y su ejemplo sigue vivo como recordatorio del precio del compromiso democrático.
Documental de la UMD realizado por el Foro Milicia y Sociedad
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