El capítulo estudia la evolución del franquismo en sus últimos años y en la etapa inmediatamente posterior a la muerte de Franco, centrándose en el equilibrio y las tensiones entre dos sectores: los aperturistas, partidarios de reformas graduales para adaptarse a un nuevo contexto, y los inmovilistas, defensores de la continuidad del régimen sin cambios sustanciales. Se introduce el concepto de franquismo sociológico, entendido como el conjunto de actitudes y apoyos sociales que el régimen cultivó a través del miedo, los beneficios económicos selectivos y la educación bajo el nacionalcatolicismo. Esta base social no era un mero producto de la Guerra Civil, sino que se fue consolidando en las décadas posteriores. Mientras la generación de la posguerra vivió marcada por la represión y la censura, la siguiente interiorizó una aceptación pasiva del sistema, lo que legitimó socialmente la dictadura.
Entre los aperturistas moderados destacaba Manuel Fraga Iribarne, que defendía un desarrollo político controlado y un “centro” pragmático capaz de combinar modernización y estabilidad. Federico Silva, ministro eficaz en Obras Públicas, compartía esa visión reformista limitada, pero acabaría en posiciones reaccionarias con la fundación de Alianza Popular. En el lado opuesto, el búnker —con figuras como José Antonio Girón, Blas Piñar o Raimundo Fernández-Cuesta— mantenía un discurso de resistencia total al cambio, con el Ejército y la Iglesia como apoyos esenciales.
La figura de Luis Carrero Blanco simbolizaba el continuismo del franquismo. Considerado sucesor natural de Franco, su asesinato por ETA en 1973 supuso un golpe al régimen: evidenció vulnerabilidades y radicalizó a los inmovilistas, que intensificaron la represión contra la oposición. La respuesta oficial, centrada en la unidad en torno a Franco, buscó proyectar firmeza. El entierro de Carrero fue un acto de reafirmación franquista, pero también marcó el inicio de una etapa de liderazgo más débil bajo Carlos Arias Navarro.
El capítulo también analiza el papel de los excombatientes, organizados en la Confederación Nacional de Excombatientes y en hermandades como la de la División Azul. Aunque numéricamente minoritarios, fueron decisivos como soporte ideológico del régimen y como núcleo duro contra el aperturismo. En los años cincuenta y sesenta, este sector mostró especial rechazo a la restauración monárquica, llegando a difundir lemas como “No queremos Rey”, en defensa del nacionalsindicalismo original. Sin embargo, con el tiempo muchos se adaptaron y aceptaron la monarquía como vía para preservar un “franquismo sin Franco”, entendida como la única estrategia viable para mantener el sistema tras la desaparición del dictador.