El capítulo analiza el papel de los medios de comunicación, la cultura y la contracultura en la España de la Transición, destacando cómo estos ámbitos se convirtieron en espacios de expresión, socialización y transformación política. La apertura democrática y la superación parcial de la censura crearon un contexto de ebullición cultural, en el que la información y las manifestaciones artísticas adquirieron un valor simbólico y político clave.
En el terreno mediático, la televisión pública (TVE) desempeñó un papel central como herramienta de socialización política y cultural, ampliando sus contenidos informativos y de entretenimiento. Programas innovadores como La clave o Informe semanal ofrecieron debates y análisis sobre temas antes vetados, mientras que otros espacios más desenfadados, como La bola de cristal, combinaron elementos lúdicos con mensajes críticos. La prensa escrita también experimentó un cambio profundo: diarios como El País, nacido en 1976, asumieron un papel de referencia en la defensa de las libertades y la información rigurosa; otros, como Diario 16 o Cambio 16, se convirtieron en portavoces de nuevas corrientes de opinión, y la prensa satírica, representada por El Papus o Hermano Lobo, empleó el humor como arma contra el autoritarismo.
En el ámbito cultural, la Transición coincidió con una explosión creativa que combinaba la recuperación de memorias silenciadas y la experimentación formal. El teatro político, el cine comprometido y la literatura testimonial fueron canales para narrar el pasado reciente y cuestionar el presente. Películas de directores como Saura o Camus abordaron la Guerra Civil y la represión franquista, mientras que dramaturgos y novelistas exploraron la libertad recién recuperada.
La contracultura, inspirada por movimientos internacionales pero adaptada a la realidad española, cuestionó no solo las estructuras políticas heredadas, sino también los valores sociales y morales dominantes. Fenómenos como la Movida madrileña mezclaron música, arte, moda y actitudes provocadoras, creando un imaginario urbano que rompía con el conservadurismo. Grupos musicales como Alaska y los Pegamoides, Radio Futura o Nacha Pop, junto a espacios como Rock-Ola, marcaron una identidad generacional que apostaba por la autoexpresión y la irreverencia. Sin mebargo, cabe destacar La Mandrágora como un referente cultural y musical de la transición, donde la ironía y la sátira se mezclaban con la crítica social y política. El trío formado por Javier Krahe, Joaquín Sabina y Alberto Pérez ofrecía un repertorio irreverente, cargado de ingenio y doble sentido, que desafiaba los códigos morales heredados del franquismo. Sus actuaciones, impregnadas de humor ácido y provocación, se convirtieron en un símbolo de la libertad creativa recuperada en aquellos años. Su actuación en Esta noche en La1, provocó que, fueran fijos en el siguiente programa de García Tola de Y si yo fuera presidente, un referente cultural y político de aquellos años.
No obstante, el capítulo también subraya las tensiones y límites de este proceso. Pese a la ampliación de la libertad de expresión, persistieron intentos de control y censura en temas considerados sensibles, como la monarquía, el ejército o el terrorismo. Asimismo, la expansión de la cultura de masas y el peso de la televisión como entretenimiento generalista generaron debates sobre la banalización del discurso público.
En conjunto, los medios y la cultura de la Transición actuaron como catalizadores de cambio, favoreciendo la apertura de espacios de debate y la construcción de una nueva identidad colectiva. La interacción entre periodismo, creación artística y contracultura permitió no solo narrar el proceso democrático, sino también vivirlo de forma participativa, dejando un legado que configuró la vida cultural y mediática de la España democrática.
En el video, la famosa actuación de Javier Krahe cantando la versión castellanizada de Marinette de Brassens que, provocó un fuerte revuelo en España al decir en varias ocasiones la palabra "Gilipollas"
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