Tras las elecciones de 1979, Adolfo Suárez y la UCD revalidaron el Gobierno, pero el nuevo Parlamento resultó más fragmentado y combativo. La crisis económica, la conflictividad laboral, el terrorismo y las tensiones autonómicas condicionaban su gestión. Aunque los Pactos de la Moncloa habían supuesto un acuerdo histórico para frenar la inflación, reformar el sistema fiscal y sentar bases de estabilidad política, sus medidas —contención salarial, reforma tributaria, racionalización del gasto público— generaron resistencias sindicales y descontento social.
En el interior de UCD afloraban divisiones entre sus diferentes corrientes: democristianos, liberales, socialdemócratas y procedentes del franquismo reformista. El partido, concebido como plataforma amplia, comenzó a mostrar fisuras. La oposición parlamentaria, liderada por PSOE y PCE, cuestionaba el liderazgo de Suárez, mientras nacionalistas catalanes y vascos presionaban por el desarrollo autonómico.
En este clima, el terrorismo —especialmente de ETA— y la violencia de extrema derecha alimentaban la inquietud de los mandos militares. La aprobación de los estatutos de autonomía de Cataluña y País Vasco en 1979, y las demandas de otras regiones, provocaron recelos en sectores castrenses que percibían un riesgo para la unidad del Estado.
La tensión política alcanzó un punto crítico a comienzos de 1981. Acusado de falta de rumbo, acosado por las divisiones internas y consciente de que su figura era un obstáculo para recomponer consensos, Suárez anunció su dimisión el 29 de enero de 1981. En su discurso televisado, afirmó que se iba para que el sistema democrático no fuera una “mera pausa en la historia de España”.
La tensión política alcanzó un punto crítico a comienzos de 1981. Acusado de falta de rumbo, acosado por las divisiones internas y consciente de que su figura era un obstáculo para recomponer consensos, Suárez anunció su dimisión el 29 de enero de 1981.. La intentona fracasó gracias a la intervención decisiva del rey Juan Carlos I, que defendió públicamente la legalidad democrática, y a la falta de respaldo social y militar suficiente.
Superado el golpe, Calvo Sotelo fue investido presidente. Su gobierno afrontó retos urgentes: recomponer la estabilidad institucional, reafirmar la autoridad civil frente al Ejército, continuar el desarrollo autonómico y gestionar una economía todavía frágil. Entre sus decisiones destacaron la aprobación de la ley de divorcio, la solicitud formal de ingreso en la OTAN y la continuidad de las políticas de ajuste económico.
Sin embargo, la crisis de UCD se agravó. Las deserciones de diputados hacia Alianza Popular, a nuevas formaciones como el Partido Demócrata Popular (PDP) e, incluso, al PSOE, minaron su base parlamentaria. El propio Adolfo Suárez se presentó con las sigloas de Centro Democrático y Social (CDS) La derecha política y mediática apostó por desplazar el centro hacia posiciones más conservadoras, debilitando aún más el proyecto centrista. Finalmente, en las elecciones del 28 de octubre de 1982, UCD sufrió un colapso electoral. El PSOE de Felipe González obtuvo la mayoría absoluta más amplia de la democracia, mientras Alianza Popular, en coalición con el PDP y Unión Liberal (UL) de Pedro Schwartz, se convirtió en lider de la oposición. Para muchos, este fue el cierre simbólico de la Transición: la democracia había superado su prueba más dura con el 23-F y se adentraba en una nueva etapa bajo un gobierno socialista, con reformas pendientes en el Ejército, la justicia, la policía, el desarrollo autonómico y la integración en la Comunidad Europea y la OTAN.
Ir al capítulo 11 ------------------------------------- Ir al capítulo 13